domingo 1 de noviembre de 2009

Una carta de amor y una rosa

Recuerdo un día que volvía de la facultad, y un compañero que yo aun no concia, se subió al autobús que yo iba, me dio una carta y una rosa sin decir una palabra, bajándose en la siguiente parada, dejándome con la boca abierta de sorpresa y las mejillas rojas de vergüenza. Rondaba el año 1976.

Le llamaban el “mesomaníaco” porque amaba las islas y todo lo que se refería a ellas. Comía pizza con mayonesa y le gustan los móviles en el techo que daban vueltas con la brisa que se colaba por las ventanas. Pero era un solitario. Siempre encerrado en su cuarto.

Cuando le tocó ir a estudiar en la universidad, sus padres sintieron alivio. Pensaron que el contacto con más gente le iba a hacer bien a su niño. Pero a él no le pasaba nada raro.

Solo era un soñador, y aun no había encontrado a esa gente especial que le llenara su vida. Para perder el tiempo con personas que no le aportaran nada a su vida, mejor solo con sus aficiones, las islas y los móviles.

Cuando comenzó la facultad, le tocó clase lo sábados por la mañana. Cálculo matemático, que tostón pensaba cada mañana sabatina cuando se levantaba. En la segunda o tercera clase, no puedo precisar cuándo, ya conocía a todos sus compañeros. Por eso le extraño una joven nueva que se sentó debajo de la ventana. Entraba el sol durante toda la clase, y le aportaba una luz especial. No pudo parar de observarla. Amor a primera vista. No sabía si eran sus ojos, grandes y redondos, o su pelo lacio que caía sobre sus hombros, o su cálida sonrisa cuando el profesor hizo una broma y ella rio. Pero lo tenía claro, ella era la persona con quien quería pasar el resto de su vida.

Para otra persona, esto podría parecer algo abrupto, pero para él, no. Su vida se regía por impulsos, y había tenido uno. Su corazón le decía que ella era esa persona que estaba esperando.

El paso de toda la semana para volver a verla en la próxima clase, fue una tortura. No conocía en persona a mucha gente, como para que alguien le dijera quien era. Así que intentó idear un plan para poder conocerla. El próximo sábado llegó.

Se levantó para ir a clase. Era tal la tormenta que caía, que protección civil, había recomendado el cierre de lugares públicos por posibles inundaciones.

No podía ser. Esto era el fin del mundo. No vería de nuevo esa semana a su amada. Pero su plan era tan especial, que podía esperar una semana más. La siguiente semana pasó, con ansiedad, pero llego el esperado sábado con un sol que dañaba la vista.
Al llegar a clase se sentó en un rincón del final del aula para poder verla llegar. Unos minutos antes de que apareciera el profesor, entró ella, e iluminó la clase para él. Antes de su entrada, de su rincón del fondo, él veía oscuridad, ahora todo tenía color. Ni se dio cuenta de las casi 4 horas de clase, ni escucho a nadie, solo la veía a ella.

Cuando salieron, intentó acercarse sin ser visto. La siguió hasta la parada del autobús. De dirección contraria a la que él iba a su casa, pero estaba decidido a no pasar más inadvertido para ella. Hizo la cola, pago su billete y subió detrás de ella.
Ella distraída se sentó en la mitad. El autobús no estaba lleno. El se quedó de pie, mientras el motor arrancaba. Sacó de una bolsa una rosa y una carta. Se acercó a ella, le pidió disculpas, le dio la carta y la rosa, le sonrió a la chica sorprendida, se dio vuelta, se acercó al conductor que había parado en un semáforo, le dijo si podía bajar que se había olvidado algo, se bajo y salió corriendo.

La chica, se quedó boquiabierta sin saber muy bien que había sido eso. Roja como un tomate por la vergüenza, no sabía que hacer, paralizada. La gente a su alrededor que habían visto la escena, sonreían como diciendo “que bonito es el amor”.

Pero lo que ellos no sabían, era que los dos no se conocían, que ninguno sabía el nombre o el teléfono del otro. Que en la carta que le dejo él, solo había un poema, sin firma, sin datos. No sabían, que ella no volvería a la facultad porque ese había sido su último día, solo estaba de intercambio. Vivía en otro país, y otra ciudad. No sabían, que en ese momento, un corazón se había comenzado a romper sin saberlo, porque nunca más la volvería a ver. No sabían que un chico que se había tenido valor a decirle “te quiero” a una desconocida, volvería a ser ese chico solitario que le gustaba la pizza con mayonesa. No sabían que a veces el “amor no es bonito”. Sin saber todo esto, igual seguían sonriendo al pensar en la escena.

martes 4 de agosto de 2009

El bigote de Don Cesar

Recuerdo el súper bigote de mi papá. Era su signo de identidad en su juventud. Se lo cortó cuando yo tenía 1 año pues lloraba cuando me daba un beso. Con 70 años se lo dejo nuevamente. Pero ya no era lo que era. Estaba todo canoso. Le duró solo dos semanas.

"La barbearía del barrio, era una de esos locales con ambiente antiguo. Un sillón de barbero, de cuerina verde, herrajes cromados, un pequeño apoya cabeza donde los clientes se dejaban estar, dos apoya brazos que conjuntaban con otros tantos para los pies, de metal labrado, en la parte inferior. El sillón giraba sobre su eje, así el señor barbero podía hacer mejor su trabajo.

Si uno se sentaba en el sillón, y miraba la barbería, notaba un gran espejo, que irradiaba la imagen del cliente cuando esperaba al barbero, una pequeña mesa, llena de tijeras de distintas formas y tamaños, peines y un cepillo, que era el juguete preferido del gato que paseaba a sus anchas por el local. Eso sí, cuando el barbero no lo veía y lo podía pillar. Durante el día, sentado encima de una silla, donde otros clientes esperaban que les atendieran si la barbería estaba llena, el gato miraba el cepillo a todas horas, como perdiendo el tiempo hasta que llegara la hora de jugar con su juguete preferido. Era suave y lo usaban para limpiar de pelos los cuellos de los clientes una vez que les habían cortado.

Las paredes estaban llenas de cuadros de fotos en blanco y negro, de una diversidad de temas. La hija del barbero, le gustaba la fotografía, y las paredes de la barbería, eran el único sitio donde aun no se habían llenado de toda su casa. Pero le quedaba poco.
Había también un pequeño escritorio, que tenía la caja registradora y poco más. Un gran ventanal, dejaba entrar la luz natural y sobre todo el sol. Fuera en el porche del local, un par de sillas servían para dejar pasar el tiempo, cuando los clientes no acudían.

Don Cesar, llegó a la barbería. Saludó a los parroquianos, y se sentó en el sillón con su amplia sonrisa. El barbero le preguntó “lo de siempre Don Cesar?”, como si supiera la respuesta de antemano. Por eso se sorprendió cuando le dijo que no, que había ido a afeitarse el bigote.
Todo el mundo, al escuchar la voz grave y fuerte de Don Cesar levantó la cabeza como incrédulos.
Como cortarse el bigote? Si lleva años con él. Es su seña de identidad. Pero Don Cesar estaba decidido, por un abrazo y un beso de su niña, haría lo que fuera. Y lo hizo.

miércoles 15 de abril de 2009

Recuerdo de un ídolo de juventud

Recuerdo la segunda raqueta de tenis que tuve. Porque la primera y con la cual aprendí, era la de mi padre, que era de madera con una especie de escuadra de madera que se ajustaba con unas mariposas metálicas para que no se deformara. La segunda era una Wilson mod. Stand Smith. L funda era de plástico y yo la tenia con la firma de Guillermo Vilas, que se entrenaba para jugar el abierto de EEUU en las pistas rápidas donde yo jugaba. Aun la conservo en la casa de mi madre, la firma de bolígrafo ya desapareció, solo tengo su recuerdo…

"La niña se quedaba mirando a través de valla de alambre de la pista central, día tras día. Era su ídolo que se entrenaba para un gran slam. Lo veía todos los días, queriendo aprender o soñando que algún día haría lo mismo que él. Recorrería el mundo de torneo en torneo.

Pero ella era muy pequeña, y siempre miraba de lejos. Los otros más grandes no la dejaban acercarse. Un día, que descargó agua de repente una nube distraída que pasaba por ahí, hizo que todos los que estaban mirando corrieran a resguardarse. Ella se buscó un lugarcito debajo de una sombrilla cercana, y se quedó.

La nube se alió con ella, pensaría luego.

De repente paro de llover, y su ídolo se quedo en la puerta como mirando para arriba y pensando “me voy o sigo entrenando, ya no llueve”. En ese instante ella vio su oportunidad. No había nadie entre su ídolo y ella. Corrió y se acercó con la funda de su raqueta para que dejar estampada su firma, cosa que hizo. Desde ese instante, esa firma fue un talismán que le daba fuerza para imitarlo y ser la mejor.

Le duró solo unos años, luego le regalaron unos patines."

domingo 8 de marzo de 2009

Zelie y yo

Recuerdo como entrenaban para perros guias a los labradores, donde los mios jugaban.


Que way! Ya termina el curso, pronto me llevaran a mi nueva casa. Espero que me lo pase tan bien como con Francisco y Fernando. Todo fue de diez, super bien. Aunque lo último ha sido lo más duro, pero lo necesitaba. Los chicos me malcriaron mucho el año que he estado con ellos. Necesitaba poner orden en mi vida. Las salidas a jugar al parque, las idas de juerga nocturna, aunque reconozco que a veces me quedaba afuera, me agotaban pero como me divertía. Al ser pequeña, estar siempre acompañada recibiendo mimos y sentir que se preocupan por uno, es fantástico. Tantos como yo, deambulan por la calle mendigando un poco de algo que llevarse a la boca. La situación general esta dura. Lo único que no me gustaba era las tiradas a la bañera para sacarme la mugre, y en especial al limpiarme las orejas, que rollo. Se que era el precio que tenía que pagar por poder dormir con ellos en su cuarto, sino hubiera estado condenada a la terraza.
Con María ha sido otra cosa. Me lo he pasado bien, pero me regañaba mucho al no hacer las cosas como ella quería. Se que tenia razón, pero a veces me costaba entenderla y con eso que me ponía en la espalda que picaba, no se podía. Comprendo, quiso que aprendiera a ser responsable, pero a mi me va la juerga. Lo sigo intentando quizás con el tiempo lo consiga. Eso si, al hacer las cosas correctamente, me premiaba con mi comida preferida, los dulces. Dicen que son malos para mi vista pero sabia que me pierdo por ellos. Al final, termine haciéndole caso, pues es mejor la recompensa que el castigo, aunque a veces todavía me despiste un poquito. Siempre se consigue, con nosotros, todo por el estomago, aunque una caricia detrás de la oreja y escuchar “muy bien” ayuda un montón a mantener la atención en alto para aprender más.
Estoy ansiosa, me falta solo días para ir a mi casa definitiva. Bueno eso espero. Un poquito de miedo tengo, y si no me quieren, que hago. Mi madre me inculco a mis hermanos y a mi, que estábamos destinados a cuidar de alguien que nos necesitara, siendo responsables antes estas personas, y guardando una conducta acorde con nuestra misión de perros guías.

-María, crees que esta perra tiene concluido su entrenamiento - dijo el jefe.
-Sí, me gustaría comenzar con la parte de adaptación a su nuevo amo lo antes posibles, a quien va asignada?
-A un niña, no es ciega totalmente, o eso creemos pues no habla, tiene cierto grado de autismo, y al ser pequeña es difícil decirlo con certeza. Su nombre es Zelie.

Una niña, que bien. Quizás lleve una vida más tranquila que con los golfos de los doble F. Recuerdo que cuando su primita venía de visita también me lo pasaba way. Veremos cuando venga.

El día señalado llegó para todos. Zelie apareció acompañada por sus padres. La primera impresión parecía buena. La entrenadora de la labradora de pelo claro, que todavía no tenía nombre, pues eso se lo dejaban a libre elección de su amo si se la quedaba, se alegro al ver a su discípula feliz moviendo el rabo. Le había gustado la niña o eso parecía. Todo dependía de como se entendiera. A veces meses de duro entrenamiento con estos se desvanecía en un instante porque perro y amo no se adaptaban. Todo hacia creer que esto no sucedería esta vez.
Zelie se detuvo. la perra se le acerco y se echo junto a ella. La niña se movió instintivamente al sentir el contacto de sus piernas con el pelo del animal. Y cosa curiosa para los que observaban, unos instantes se quedo quieta, y luego se sentó junto al animal. Sus dedos comenzaron a moverse sobre este sin tocarlo, descifrando su figura a través de su energía, después se posaron sobre su cabeza y con un suave movimiento iban de una oreja a otra. La niña sonrió. Daban la impresión de conocerse de toda la vida.

Me gusta. Como acaricia en las orejas..MMM. SI este es el premio por cuidarla, la misión estará cumplida. Pondré todo mi empeño en ello, por una simple caricia como esta.

El primer contacto entre ambas fue gratificante para todos. Ahora tendría que volver todos los días durante quince, para que las dos aprendieran a ser una. Una dependía de la otra y viceversa, eso se debía practicar. El problema estaba que Zelie no hablaba. Nunca lo había hecho. No sabían si lo podría hacer. Los médicos no encontraban razón clínica para ello. Esto en un principio era un impedimento, se necesitaba del sonido de la orden para que el perro respondiera. Nadie sabia que podría suceder. La duda no iba a durar mucho. La necesidad de alguien que ayudara a Zelie era imperiosa, si lo de la perra no funcionaba, se debería saber pronto para encontrar otra solución.
Los primeros ejercicios de contacto eran en la pista de entrenamiento. Consistían solo en que el invidente se acostumbrara a aceptar las indicaciones del perro al caminar, que confiara en él cuando le indicara algo. A la perra la inscribieron con el nombre de Laika. La preparación con su arnés fue temprano, antes de su primera comida matinal, pues había pasado varios días sin entrenamiento y algunos ejercicios los debía hacer antes sola.
Laika estaba nerviosa. Esperaba sentada sobre sus patas traseras con el torso erguido, moviendo la cabeza atenta a todo detalle a su alrededor, esperando ansiosa.

- Hola Laika!

La frase tomo por sorpresa, a la perra, no sabía de donde venía. Se dio la vuelta y se encontró con unos enormes ojos azules que parecían verla, y una sonrisa cálida que mato su angustia al instante. Era Zelie,.

- Hola. pero no era que no hablabas. Ayer escuche a tus padres con María y decían que no te comunicabas. Y como es que hablas conmigo, yo soy un perro.

- Bueno para hablar hay que tener algo que decir. Hasta que te conocí el otro día no tenia nada. Cuando acaricie tu pelo, suave, recién lavado, sentí tu calor, me dieron ganas de decirte que eras a quien yo buscaba. Pero pensé, es un perro. Siempre he escuchado decir que con los animales no se habla, no pueden. Yo hablo con mis plantas, tienen nombres y también me contestan a su manera. Ayer, cuando las regaba se me ocurrió que pasaría si lo intentaba contigo. Y aquí estoy.

- Que way, en serio?. Como mola. Así tenemos nuestro secreto y nadie se entera. Pero y mis colegas, también te escuchan?

-No solo tu y yo. Creo que tengo una habilidad que los demás no desarrollan, comunicarme con las cosas que quiero, como no puedo hacerlo con mi vista lo hago con mi mente y mi corazón.

María, veía la escena desde unos metros de distancia. Sabia que algo pasaba pero no entendía muy bien que. aunque esto no le importó. La perra junto a la niña, moviendo su rabo de alegría. Zelie acariciándola y sonriendo a todo momento, agachada con las rodillas en el suelo, para que su cabeza estuviera a la altura de la de Laika. Caricia va, caricia viene. las dos formando una sola. La energía que irradiaban la llenaba de felicidad. Se daba cuenta que su trabajo se había cumplido. Otro ciego ya tenía su perro guía. No necesitaba más, la práctica le decía que todo funcionaria sobre ruedas..

domingo 1 de marzo de 2009

El café de los domingos de lluvia

Recuerdo a mi profesor de Diseño 4, aunque no su nombre. Nos unía una relación muy especial, Me enseño una costumbre, las mañanas de domingo con lluvia, se levantaba temprano y se iba a desayunar a la Biela en Buenos Aires, leyendo el periódico detrás de sus ventanas. Yo le acompañe varios domingos de lluvia.



He intentado recordar su nombre, pero no he podido. Lo que si recuerdo es que era un tío guapo, y que me caía muy bien. Desde el primer día, tuvimos algo especial. Para él era su alumna más aventajada. Nunca llegamos a nada, solo era algo platónico. Pero nunca le he olvidado.
Vivía del otro lado de la ciudad con respecto a donde yo vivía, pero igual me llamaba los domingos de lluvia para ir a desayunar a la Biela. Ocupa un lugar especial en mis recuerdos.

"La Biela para su pausa porque cada personaje que ingresaba, el célebre —un intelectual, político o artista— o el ignoto —un turista; una anciana con su dama de compañía; un grupo de amigos que hablaban de los viejos tiempos y del político sentado en la mesa sobre Quintana; el estacionador de autos vestido de tanguero, sin historia, sin pasado para aquel que lo observaba entrar— tenía allí un "Partenón" para detenerse en sus cavilaciones o en su búsqueda de sosiego.
Sus pensamientos la llevaron a ese bar, que era, también para ella, el lugar adecuado para analizar las imágenes y sentimientos que se encontraban dispersos en su mente, que la alborotaban. Entró de manera apresurada, la puerta de vidrio y madera se cerró, y a sus espaldas quedó la calle Quintana. Sintió que allí todo avanzaba con otros tiempos y un toque, casi mágico, puso freno a sus pasos.
(Autora: Elizabeth Cicoria)"